Thursday, 20 January 2011

De Viajes y Payasadas

Imprescindibles en todo viaje de una semana (antes de ser padre):

Él: mochila, material de esquí (esquís, botas de esquiar, bastones, casco, chaqueta de esquiar… en definitiva todo para el esquí), móvil, portátil (Photoshop y conexión Web), walkie-talkie, un mínimo muy mínimo de ropa interior, cámara de foto y cámara de vídeo, un buen par de libros

Ella: maleta “Queen-size” (baúl de la Piquer), material de esquí (esquís, botas de esquiar, bastones, casco, chaquetas de esquiar (x2)), móvil, walkie-talkie, un máximo muy máximo de ropa interior (como si no consideraras la vuelta a casa jamás), Nintendo DS, ropa après-ski (vaqueros (x2), blusas (x4), zapatos (x4), joyería, gafas de sol, de ventisca, de medio sol, de nubes bajas, de nubes altas)

Imprescindibles en todo viaje de una semana (después de ser padre):
Él: mochila, material de esquí (esquís, botas de esquiar, bastones, casco, chaqueta de esquiar… en definitiva todo para el esquí), móvil, portátil (Photoshop y conexión Web), walkie-talkie, un mínimo muy mínimo de ropa interior, cámara de foto y cámara de vídeo, un buen par de libros

Ella: maleta “Queen-size” (baúl de la Piquer), material de esquí (esquís, botas de esquiar, bastones, casco, chaquetas de esquiar (x2)), móvil, walkie-talkie, un máximo muy máximo de ropa interior (como si no consideraras la vuelta a casa jamás), Nintendo DS, ropa après-ski (vaqueros (x2), blusas (x4), zapatos (x4), joyería, gafas de sol, de ventisca, de medio sol, de nubes bajas, de nubes altas)

Bebé: maleta (pañales para parar un tren), platos diversos de plástico, cubertería de plástico, cuna de viaje, bañera de viaje, esponjas, cremas, leches preparadas, sin preparar, potitos, cojín de lactancia, ropa triplicada diaria (vómitos, pedorretas, etc.), cochecito, plástico para la lluvia, parasol para el sol, dos sacos de dormir, 4 chupetes, 4 biberones, un deshumidificador, un mordedor, una pelota, cuatro cochecitos

Como podéis comprobar, el delta resultante es impresionante, y exige una maestría absoluta en el encaje “Tétris” del equipaje en el maletero del coche (que por ende sigue siendo el mismo que cuando los viajes de pareja eran del tipo a calzón caído).

Y echando la vista atrás, recuerdo un viaje a Javalambre, en medio de la niebla, a mediados del mes de marzo de 2006, decidiéndonos si el puto hostal estaba en Mora de Rubielos o Rubielos de Mora. Yo interpretaba que se trataba del mismo pueblo, atendiendo a la compleja hoja de ruta que había impreso desde Víamichelin, mientras que mi mujer, basándose en la Guía CAMPSA (todo esto en ruta bajo una niebla mantecosa y un frío de tres pares de cojones), de una inteligencia notoriamente superior a la mía, sugería que eran pueblos distintos. Finalmente tras 3 o quizá 4 llamadas al dueño del hostal sobre las 00.00am, dimos con el sitio, y este señor, fiel a su palabra nos esperó amablemente sentado a la puerta del hostal, riéndose cuando nos vio bajar del coche descargando sólo una mochila, y dos bolsas alargadas con material de esquí. ¡Qué noche aquella!, ¡qué risas contando las telarañas de la habitación antes de meternos en la piltra! Fue un sitio elegido al azar pero tengo un muy grato recuerdo, que repetiría sin dudarlo un momento.

También recuerdo un viaje breve a La Mongie, saliendo desde Madrid a las 1700 y llegando allí sobre las 00.30, del tirón, con dos cojones, sólo parando en Lerma para resbalar sobre un charco de hielo y descubrir que llevábamos una bombilla del coche fundida y sin forma alguna de arreglarla. Mi mujer tuvo la brillante idea de sincerarse a la altura de Somosierra y anunciarme que tenía una gripe de cojones y que no podría conducir, pero eso sí, quería ir a La Mongie y no fastidiarme el fin de semana en la nieve. Llegué destrozado, qué decir tiene, y en los últimos 500 metros antes de llegar al garaje de casa el coche decidió patinar como una bailarina, pensando en más de una ocasión que finalizaría arrojándonos a mí y a mi mujer al valle, pasando a formar parte del río Adour en el deshielo de mayo. Intenté poner las cadenas (era mi segundo intento, habiendo acaecido el primero en un garaje de Madrid, bajo una temperatura constante de 15ºC y excelente iluminación), pero claro, a -10ºC, con fuerte nevisca en la cara, una esposa griposa en el asiento del copiloto y una desesperación cercana a la crisis de ansiedad no ayudaron. Finalmente conseguí poner una mientras la otra colgaba del eje de la dirección delantera. El coche seguía patinando así que dimos marcha atrás y aparcamos junto a una roulotte. Quité la cadena que colgaba de la peor manera posible del eje y al incorporarme resbalé, apoyando mi mano, repleta de cadena contra la roulotte, provocando un ruido ensordecedor que eso sí, apenas provocó respuesta en los pasajeros que yo imaginaba durmiendo.

Al día siguiente, ya a la luz del sol, conseguí desenredar la maraña de cadena y ajustarla al neumático derecho, de forma que pudimos rescatar el coche de entre la nieve y ponerlo a salvo en el garaje.

1 comment:

Lola said...

La vida cambia y tienes dos: O te adaptas o te adaptas jejejejejejej. Me hizo reir la entrada. Un besito a los tres